Hoy terminan las clases, y sugiero una reflexión: ¿Cómo podemos saber si lo que hacemos con nuestra vida vale la pena, cómo saber si debemos de seguir por donde vamos? ¿Cómo podemos medir nuestra vida?
Pues bien, podríamos hacerlo en atardeceres, amaneceres, anocheceres, en estrellas fugaces que vemos pasar a lo largo de nuestra vida, en tazas de café caliente que tomamos en esa fría tarde en la que ves las gotas de lluvia resbalar por la ventana, en pulgadas, millas, metros, en risas o en luchas.
Cada año se nos presentan quinientos veinticinco mil seiscientos viajes que imaginar con esa persona con la que tanto deseas pasar escasos minutos en la intimidad de tu cuarto.
¿Por qué no medir la vida en verdades que aprendemos, mentiras que nos creemos, o mentiras que nos queremos creer? En las veces que lloramos, las veces que explotamos, o las veces que nos controlamos, o incluso la forma en la que morimos.
Llegados a este punto, mira atrás, observa el año que ha pasado. Queda lejos aquel septiembre en el que decías que este día tardaría mucho en llegar, ¿verdad? Piensa en la gente que has dejado, en la gente que has conocido, y en la gente con la que has vuelto a crear una relación que creías ya inexistente.
Por último, piensa en el amor. Mide tu vida en amor.
Así lo he hecho yo, y tengo que decirte, que la balanza de mi vida, hoy pesa muchísimo más que el año pasado, pero mucho menos que el año que está por comenzar.
Firmado, un chico nunca correspondido.
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